| La Brigada Pomorska |


Tomé de nuevo papel y pluma y escribí:
“Querido San Nicolas, Y en este punto una malévola idea cruzó mi pensamiento, así que añadí: “... y si este deseo estuviera fuera de tu alcance, o fuera tu corazón algo más mezquino, tráeme el menos una soga de la que colgar pesadamente.” Doblé el papel y junto con las otras cartas me
lo eché al bolsillo. Alargué la mano para tomar otra copa
pero aquí el Destino, al igual que lo hizo la Noche hacía
un año, jugó en mi contra, y observé con aturdida
tristeza que ya no me quedaba bebida. -Voy a dejarlo –me dijo al poco. Ahora sí me fijé en él: No era un anciano pero la barba negra se le plateaba en algunos lugares. Iba magníficamente vestido, con levita negra y bastón y una lustrosa chistera, negra también, dejada a un lado. El rostro era inquisitivo y delgado, con ojos penetrantes y una hermosa y afilada nariz. Vestía un llamativo chaleco rojo y un ancho cinturón de cuero. -Sí –le respondí irónicamente- yo también. El hombre pareció sorprendido y tuvo tres curiosos
golpes de risa: Hou, hou, hou. Si repentina hilaridad me hizo sonreir
a mi también. “Me llamo Antón” –le dije.
“Yo Nicolas” –respondió. |