La Brigada Pomorska

La última noche en la Tierra

Antón Lebedokov es un pintor ruso afincado en Montmartre que decide ahorcarse el día de Navidad de 1835 un año despues de conocer a la misteriosa Virginia. Sin embargo, ebrio de absenta, decide pedirle a San Nicolas que le traiga como regalo la soga con la que habrá de ahorcarse. Pero San Nicolás ha decidido que deja el trabajo, y que es mejor emborracharse que andar de aqui para allá repartiendo regalos.

Tomé de nuevo papel y pluma y escribí:

“Querido San Nicolas,
he intentado ser un buen hombre, tal vez pude haberlo hecho mejor pero siempre intenté ser honesto. Este año tráeme de vuelta a Virginia, tan hermosa como la vi hace un año... “

Y en este punto una malévola idea cruzó mi pensamiento, así que añadí:

“... y si este deseo estuviera fuera de tu alcance, o fuera tu corazón algo más mezquino, tráeme el menos una soga de la que colgar pesadamente.”

Doblé el papel y junto con las otras cartas me lo eché al bolsillo. Alargué la mano para tomar otra copa pero aquí el Destino, al igual que lo hizo la Noche hacía un año, jugó en mi contra, y observé con aturdida tristeza que ya no me quedaba bebida.
Contrariado, tomé algunos de los cuadros de Virginia y bajé con ellos al café más próximo, con la esperanza de poder cambiarlos por algunas botellas. En la calle hacía un frío cortante pero no me importó en absoluto. Mañana terminaría todo.
Entré en Le Chansonnier, donde tenía amistad con el propietario y no tardé en cerrar el trato, a botella por cuadro. Era poco, pero tenía más cuadros en casa. Ya me iba cuando Patrice, el propietario, viéndome salir al relente de la noche sin ni siquiera abrochar el abrigo me sugirió que tomase un copa en el interior antes de afrontar de nuevo el frío del invierno. No tenía ganas de discutir, de modo que me acodé en la barra con la vista fija en el vaso.
Junto a mi, un hombre alto, de larga barba, tomaba un vino caliente.

-Voy a dejarlo –me dijo al poco.

Ahora sí me fijé en él: No era un anciano pero la barba negra se le plateaba en algunos lugares. Iba magníficamente vestido, con levita negra y bastón y una lustrosa chistera, negra también, dejada a un lado. El rostro era inquisitivo y delgado, con ojos penetrantes y una hermosa y afilada nariz. Vestía un llamativo chaleco rojo y un ancho cinturón de cuero.

-Sí –le respondí irónicamente- yo también.

El hombre pareció sorprendido y tuvo tres curiosos golpes de risa: Hou, hou, hou. Si repentina hilaridad me hizo sonreir a mi también. “Me llamo Antón” –le dije. “Yo Nicolas” –respondió.

 

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