ERES UN ESCRITOR DE MIERDA
Eres un escritor de mierda, dijo.
Lo sé, respondí.
Y te da lo mismo.
No me da lo mismo, argumenté.
Añadí, Me siento orgulloso de ello.
Esas fueron las últimas frases que dialogamos.
Ella se fue triste y yo no pude dormir.
Al día siguiente el padre llegó de Fajardo en su
aeroplano particular,
a las ocho en punto de la mañana, con tres escoltas y un
maletín
con un kilo en perico y dos millones más en yenes robados.
Me ofreció un trato. Vuelva a Puerto Rico, le
dije.
Me ofreció más. No sé, le dije,
deme 24 horas para pensarlo.
Me consta que no consiguieron salir del barrio.
De madrugada volé a Bagdad a montar en bolo de esos
donde la gente mata a la gente por absolutamente nada.
Estuve tres meses fuera, entre montaje, desmontaje, y réquiem,
y durante ese tiempo no recibí ni una postal de ella,
del mismo modo que tampoco conseguí escribirle.
Eres un escritor de mierda, recordé.
Sólo sabes escribirle a mi culo y a mi coño
y a mis tetas.
Eso fue en otra ocasión. Fue duro para mí.
Yo ya no te inspiro nada bonito.
En eso no estuve, ni estoy, de acuerdo.
A la hora de la vuelta pensé que en Madrás
ya no quedaba nada que perder,
no había un motivo por el que regresar.
Salí de ahí en el primer todo terreno que partió
rumbo al aeropuerto más cercano, y compré
la combinación de billetes adecuada
para aterrizar en Jerez de la Frontera el
4 de Mayo a las 10 de la mañana hora local.
De ahí hasta Algodonales, en la sierra.
Ocupé unas ruinas, compré dos burros,
planté grifa y me dediqué a fumarla y venderla.
Me dediqué a vivir sin nada y conmigo mismo.
Me dediqué al cielo y a la montaña.
Y desde entonces mientras aúllan los perros,
cada noche le escribo un haiku.
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Me he despertado en esa nube de gas
Me he despertado en esa nube de gas,
en la zanja que cavé yo mismo
a cabezazos sin estar bebido,
en un pronombre horrible,
en tu lado de la cama sin ti.
Un día de esos en que apenas piensas,
y eso debería facilitarlo todo
pero no piensas
tan siquiera en ello
porque te falta algo y todo te sobra
y el mundo sabe a máquina de escribir
gastada.
¿Y sabes qué?
Que aunque amaneciera cada día
sobre un lecho de marihuana
y tocara a la puerta
un mensajero con billetes
y fumara solamente
cigarrillos de los caros,
aún así
habría días
como hoy
en los que me amargaría el mundo,
en los que me levantaría
y tú me preguntarías
¿Qué te pasa?
Tienes mala rara,
y yo diría Nada.
Como hoy.
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