“ALICIA” EN LA ESCENA (“Alice”
on the stage)
Fragmentos extraídos de un artículo de Carroll para el
número de Abril de 1887 de la revista The Theatre, a propósito
de la adaptación al teatro de los dos libros de Alicia (Alicia
en el País de las Maravillas y Alicia a través del Espejo)
de Henry Savile Clarke (1841-1893) estrenada el 23 de Diciembre de 1886.
Es una obra para niños, y también interpretada en buena
medida por niños. Al parecer, a Carroll le gustó bastante.
Las “tranquilas aguas” a las que hace referencia al principio
del texto son por las que pasearon en barca Carroll, un amigo, y las
pequeñas hermanas Liddell (entre ellas Alice) en una excursión
a Godstow, cerca de Oxford. Quizás paséis por allí
los que vais a Oxford este verano.
“Más de un día habíamos remado juntos por
aquellas tranquilas aguas -las tres doncellas y yo- y más de
un cuento había sido improvisado en su honor –bien fuera
en momentos en que estaba “en vena” el narrador, y entonces
las fantasías se agolpaban de improviso, bien fuera en otros
en que la agotada Musa había de ser aguijada, y si avanzaba cansinamente
era más porque tenía que decir algo que porque tuviera
algo que decir-; sin embargo, de ninguno de esos cuentos quedó
constancia escrita: vivieron y murieron, como moscas estivales, cada
cual en sus respectivas tardes doradas, hasta que un día fortuitamente,
una de mis pequeñas oyentes me rogó que se lo escribiera
por entero. De eso hace ya muchos años, pero ahora, cuando escribo
estas líneas, recuerdo claramente cómo, en un desesperado
intento de crear una nueva forma de género feérico, había
metido la cabeza a mi heroína, para empezar, dentro de una madriguera,
sin tener la menor idea de lo que iba a suceder después.”
El subrayado es mío, y sí, dice “una nueva forma
de género feérico”. ¿Lo consideraría
Tolkien un cuento de hadas, siguiendo los criterios expuestos en Sobre
los cuentos de hadas ? Aunque el mismo Carroll dice en una carta que
en Alicia no hay hadas, uno de los títulos que barajaba, aunque
luego fuera rechazado, era “Aventuras de Alicia en el País
de los Elfos” y en un prefacio al célebre libro lo llama
“cuento de hadas” explícitamente.
“ Y así, por dar gusto a una niña a la que quería
(no recuerdo ningún otro motivo) lo estampé en manuscrito
y lo ilustré con mis propios dibujos tan toscos –dibujos
rebeldes ante toas las leyes de la Anatomía o el Arte (porque
no recibí nunca clases de esa materia)-, el libro se acabó
de publicar en facsímil. Al transcribirlo, lo enriquecí
con muchas ideas nuevas, que parecían brotar por sí mismas
del tronco original; y otras muchas más se agregaron años
después, cuando lo volví a rescribir para su publicación:
pero (y esto puede interesar a algunos lectores de Alicia) cada una
de las ideas y casi cada una de las palabras del diálogo me vinieron
por sí solas. A veces una idea me venía por la noche,
obligándome a levantarme y a encender la luz para anotarla; otras
me venían en el curso de algún solitario paseo invernal
y tenía que pararme y, con los dedos entumecidos del frío,
pergeñaba unas pocas palabras para impedir que pereciera la recién
nacida idea. Pero, fuera cual fuera el momento y la circunstancia, todo
venía por sí solo.”
Los que conozcan más cercanamente el proceso creativo del SdlA
podrán decirnos si se parece en algo. Aunque yo no he escrito
prosa, me parece que esta especie de “asaltos” de ideas
deben ser frecuentes cuando escribimos. A mi me pasa con las poesías,
aunque matizaré las ideas de Carroll con mi propia y humilde
opinión después.
“No puedo ajustar la invención al avance regular de un
reloj al que se da cuerda por propia voluntad, ni creo que exista un
solo escrito original (¿y qué otro escrito merece ser
preservado?) producido así. Si uno toma asiento, sin pasión
ni inspiración, y se obliga a escribir durante horas seguidas,
solamente producirá (al menos estoy seguro de que yo simplemente
produciría) alguno de esos artículos que llenan, en la
medida en que estoy capacitado para juzgarlos, dos tercios de casi todas
las revistas –cuanto más fáciles de escribir, más
fastidiosas de leer-: lo que se dice “material de relleno”,
y eso es a mi juicio una de las cosas más detestables de la literatura
moderna. Alicia y A través del espejo fueron compuestos casi
íntegramente a partir de trozos y fragmentos, ideas sueltas que
me vinieron por sí solas. Quizás hayan sido pobres; pero
al menos eran lo mejor que tenía yo para ofrecer: y no puedo
desear que se escriba de mí un mayor elogio que el que encierran
estos versos de un Poeta, escritos también sobre un Poeta:
Donó a los otros lo mejor de sí
Se guardó lo peor, dio lo mejor. ”
Ni idea de qué poeta es. No estoy totalmente de acuerdo con
lo que dice. Aunque sí que creo que, por lo general, la inspiración
es anterior al esfuerzo de escribir, a mí no siempre me ha pasado
eso. Aunque por lo general, cuando me pongo a escribir, o tengo la inspiración
(la idea, algunos versos, etc), o el latido de la inspiración
(las ganas de escribir algo, o de sacar algo).
A Carroll, por lo que he entendido, le van viniendo las ideas y ya está,
como si fuera algo totalmente espontáneo y fluido. A mí
me pasó una vez y fue una experiencia muy sabrosa. Pero yo veo
más el proceso creativo como una búsqueda de lo idóneo
(como si fuera algo que ya está allí pero no te acuerdas
de donde lo has puesto) a partir de esas ideas que se presentan inesperadamente.
Pero la búsqueda, creo, requiere esfuerzo, y puede que muchas
horas delante de un papel, escribiendo, corrigiendo y rescribiendo.
Lo que viene a continuación me recuerda mucho al nacimiento de
El Hobbit. Explica la génesis del poema La caza del Snark, un
tesoro del nonsense.
“Me he desviado del tema, lo sé: sin embargo, concededme
un minuto más para que os cuente de propia experiencia un pequeño
incidente. Paseaba solo por la falda de una colina un espléndido
día de verano, cuando de pronto se me pasó por la cabeza
un verso aislado: “Porque el Snark –sabéis- no era
más que un Bajum”. Desconocía entonces su sentido;
pero lo anoté: y algo después, se me ocurrió el
resto de la estrofa, cuyo final era aquel verso: Y así, a ratos
perdidos, en el curso del año o de los dos años siguientes,
se fue completando trozo a trozo el resto del poema, cerrado por aquella
estrofa. Y desde entonces he recibido periódicamente corteses
cartas de lectores desconocidos que quieren saber si La caza del Snark
es una alegoría, o contiene algún oculto sentido moral,
o es una sátira política; y a todas esa preguntas no puedo
dar sino una respuesta: “¡No sé!”.

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CARTA DE ROBERT A. HEINLEIN A THEODORE STURGEON
ROBERT HEINLEIN
1776 MESA AVENUE
BROADMOOR
COLORADO SPRINGS, COLORADO
11 Feb 1955
Querido Ted,
Lo que esta tarea reclama es un encuentro de la difunta
Sociedad Literaria Mañana. Casi todos los escritores necesitan
fertilización cruzada... y yo también, tenlo por seguro!
(en este momento estoy clavado en la página 148 del mejor borrador
de una novela que haya escrito y no puedo conseguir que la maldita cosa
cuaje!) La S. L. M. acostumbraba dar tal cantidad de ideas que un hombre
salía de allí con notas suficientes para tres meses; cuando
Jack Williamson, Anthony Boucher, Cleve Cartmill, Mick McComas y varios
más roían el mismo hueso, algo tenía que pasar.
Mi única queja de vivir en esta idílica
torre de marfil, rodeado de montañas cubiertas de nieve, ciervos,
faisanes chinos, enormes pinos y silencio es que, si bien el escritor
necesita mucho silencio, también requiere de una conversación
estimulante.
Pero haré lo mejor que pueda a esta distancia.
Tengo que decir que me siento halagado por el pedido. Que el incomparable
y siempre brillante Sturgeon te solicite ideas es como si el Océano
Pacífico te pidiera que orines en él. A propósito,
¿te conté que compré una copia de MÁS QUE
HUMANO en Singapur? ¿Y que no pude traerlo de vuelta a casa porque
un holandés, capitán de un barco, me lo pidió prestado?
Si tienes alguna copia adicional por ahí podrías mandárnosla,
autografiada.
Mmm... ideas sturgeonianas... Bien, aquí hay
una que podrían ser campbellianas: una sociedad donde no hay
delitos criminales, sólo delitos civiles; por ejemplo, hay un
precio para todo, puedes buscar en el catálogo y pagar el precio.
¿Quieres matar a tu vecino? Vas y matas al hijo de puta. Tiene
una clasificación definida económicamente; deposita el
dinero en el banco local dentro de las 24 hs.; le pagarán a la
viuda. La moralidad consistiría en no intentar evadir nada sin
pagarlo. Las buenas costumbres residirían en conducirse de tal
modo que nadie quisiera pagar tu precio para matarte. Por supuesto,
si tu valuación es baja y tu comportamiento brutal, tus probabilidades
de supervivencia son bajas. En Paraguay, el asesinato es una cuestión
privada, el gobierno supone que los amigos o los familiares vengarán
al muerto, o que era un pobre tipo y a quién le importa. Hay
otra cultura en la cual si un hombre mata a otro, accidentalmente o
a propósito, debe reemplazarlo, incluso tomar a su esposa y su
nombre. Obviamente, nuestra propio modelo no es la única forma
de ver un crimen; tal vez seamos prejuiciosos.
Esta idea, desarrollada, debería atraer a Campbell.
Odia todo gobierno, toda autoridad, aunque no es completamente consciente
de ello... y cree que el dinero no puede hacer daño.
Aquí hay otra cultura del tipo campbelliano:
¿por qué el gobierno debería hacer cumplir los
contratos privados? En el presente, puedes ir a la corte y demandar
y (a veces) forzar al otro a cumplir con el contrato y sacarle daños
también. ¿Hay una buena razón para que ésta
sea una función del gobierno? ¿El contratista no tendría
que ser más precavido, acaso? ¿Por qué la sociedad
entera deber tomar parte y determinar si se cumplen o no las promesas
civiles, privadas entre dos hombres?
¿Cuáles son las funciones mínimas,
indispensables del gobierno? ¿Qué funciones están
presentes en todas las sociedades humanas? ¿Es posible nombrar
todo lo que es ley en una sociedad y que es diferentemente precisamente
a la inversa en otra? ¿Ha existido alguna vez una verdadera sociedad
anarquista? ¿Los esquimales, tal vez? Tenemos en esta ciudad
un anarquista que hace una revista, que se opone a los caminos públicos,
las escuelas públicas, todo lo público; sostiene que no
es ético para una mayoría hacer algo colectivamente que
cada individuo no haya tenido antes el derecho de hacer como individuo.
Ésta es una noción explosiva; un corolario es que todos
los impuestos están mal, todas las leyes zonales están
mal, toda la educación compulsiva está mal, todos los
castigos de los tribunales están mal. En tiempo medio, él
vive en una sociedad bien vigilada, su propio bienestar protegido por
todas estas cosas que deplora. Pero una cosa es segura: muchas de las
cosas que tomamos como indispensables no son necesarias para una sociedad
estable, pero las tomamos como indispensables. Podrías conseguir
una historia del tipo campbelliano sin poner en duda a la vaca más
sagrada de las sagradas: las altas finanzas, por supuesto; John no tolera
la herejía directa.
Sabemos muy poco sobre la personalidad múltiple,
a pesar de los muchos casos registrados. Supón que un hipnoanalista
hace una investigación profunda en un esquizoide... y se topa
con el hecho de que hay otra personalidad separada y no insana en el
cuerpo, distinta de la nominal, y que esta personalidad es un refugiado
de (digamos) el año 2100, cuando las condiciones se vuelven tan
intolerables que escapar hacia otro cuerpo y otro tiempo (incluso este
período) es preferible, aún a expensas de vivir más
o menos impotente en el cuerpo de otro hombre.
O hagamos de esta otra forma: el hipnoanalista hipnotiza
al paciente; la segunda personalidad emerge y rehusa marcharse. La personalidad
del propietario original es la de un cretino, un hijo de puta, un enemigo
público, un golpeador de mujeres, etc.; la nueva personalidad
es la del héroe verdadero: bueno, listo, trabajador, etc. ¿Cuál
es la situación ética? ¿El analista debería
intentar suprimir y destruir la personalidad falsa y devolver el cuerpo
a su propietario? ¿O debería aceptar que el mundo mejora
con el cambio? Esto puede ser bastante crítico.
¿Qué es una personalidad? ¿Un
registro de memoria? ¿Un conjunto de evaluaciones? ¿Uno
de hábitos? ¿Qué le sucede al alma en una lobotomía
transorbital? ¿No es un crimen matar la personalidad de un hombre,
aunque esté enferma, para hacer que su cuerpo sea un poco más
dócil frente a las enfermeras de la sala y los parientes?
El problema central de la filosofía, de la religión,
de toda la psicología, está tan imbuido y difícil
de aferrar que la mayoría lo ignora, precisamente como el pez
ignora el agua. Los solipsistas lo tratan y también lo haces
tú en ULTIMATE EGOIST (y también lo hice yo, en una forma
muy diferente, en ELLOS). Es el problema del ego individual, la conciencia
del 'Yo'. Está allí, dentro de tu cráneo. ¿Desde
cuándo ha estado allí? Siempre. ¿Hasta cuándo
estará allí? Siempre. Los cambios en las circunstancias
externas... incluso tu cuerpo, incluso tu pene y tus pelotas, no son
nada más que circunstancias externas. El 'Yo' permanece, es lo
único incambiable... y no tiene ninguna explicación en
toda la filosofía, en toda la religión. Oh, la charlatanería
sobre el tema es interminable, pero sólo es eso: charlatanería.
Hasta que sepamos cómo la conciencia se adhiere a la materia,
porqué y de dónde proviene, no sabremos nada. Pero el
problema permite variaciones infinitas en la ficción.
Desde los seis años he tenido la desagradable
sospecha de que toda la conciencia es una y que todos los actores que
veo a mi alrededor (incluyendo a mis enemigos) son yo mismo, en diferentes
puntos del surco de un disco. Una vez exploré esto parcialmente
en una historia llamada POR SUS PROPIOS MEDIOS. Digo 'parcialmente'
porque toqué un punto solamente, y el cuento fue tomado erróneamente
por los lectores (la mayoría de ellos) como una paradoja de viajes
en el tiempo... visto que yo estaba investigando si 'el vino que creímos
beber pudo hacernos soñar todo lo que siguió... pero éramos
sólo unos simples hombres de mar, de manera que, por supuesto,
no podemos saberlo.'
Pero todavía no hemos encontrado una solución
al problema del ego que descubra (tal vez lo logremos, tal vez no) que
la serpiente se come su propia cola eternamente. Todavía no hemos
explicado a la serpiente. Korzybski señaló que un hecho
no necesita un 'por qué'. Esto le da coherencia al mundo en el
que estamos... pero no resuelve los problemas filosóficos.
Ni sirve para nada zambullirse en tu propio ombligo, como JWC y Ron
Hubbard. Es sano manifestar los interrogantes; no es bueno engañarse
con las respuestas. Incidentalmente, todas las religiones respetables
de hoy en día se fundan en un argumento: que es virtuoso y obligatorio
engañarse con las respuestas, por ej., debes tener 'fe'.
Merde!... al cuadrado y al cubo. Las respuestas no
se pueden encontrar cantando el himno número cuarenta y seis,
con los estudiantes del Curso Bíblico para Jóvenes en
el coro. Ni tampoco con las batallas contra espantapájaros a
las que se abandonan los teólogos. ¿Cómo llegué
al interior de mi cráneo?
Podrías tener un terrible embrollo en una sociedad
en donde hay un grupo de iluminados, grande o pequeño, que realmente
saben lo que sucede después de la muerte (comparable con los
farsantes que tenemos ahora), los que, en consecuencia, tienen motivaciones
y propósitos diferentes de los demás, que viven de la
manera en que vivimos ahora.
Sólo con un toque, podrían juzgar en ausencia a un hombre
por suicidarse para evitar sus obligaciones... luego tal vez tengamos
otro suicida que va detrás del primero para cumplir la sentencia.
(Pero vamos, Bill, yo no tengo que decírtelo)
La ciencia no explica nada. Meramente ordena la información
observada.
Un técnico estadístico del Departamento
de Comercio está manipulando la nueva computadora digital, haciendo
correr información del último censo. Está sorprendido;
la máquina dice que hay más bebés de pelo rojo
de lo que debería haber. Puede ser un error en la información
cargada; la máquina no puede estar equivocada. Además,
la matriculación en las escuelas de dentistas está descendiendo.
Y las apendicectomías se han incrementado. ¿Los informes
sobre partenogénesis deberían ser rechazados como imposibles?
¿Por qué hay tantos?
'28 de junio'. Los nuevos terneros macho mejoran todo
el tiempo. Encuentre un duende hoy. Voy a tener que drenar la cuarenta
sur.'
Este personaje es un distraído. Sus sueños
diurnos son muy reales. En particular, tiende a tenerlos en el transporte
público; puede estar viajando en un ómnibus, atrapa un
vistazo de una casa que le recuerda otra que conoció en una ciudad
distinta. El problema es que, cuando baja del ómnibus, si todavía
está abstraído, sale en la ciudad con la que ha estado
soñando despierto, en lugar de en la que estaba. Cuando era niño
y no había estado en ningún otro lado, esto simplemente
provocaba que lo reprendieran y que tuviera reputación de ser
demasiado tonto para notar qué tranvía tomaba. Pero ahora
que creció y conoce muchas ciudades (en lugar de un barrio en
una ciudad), es muy embarazoso, puesto que probablemente tome un ómnibus
en Cincinnati y acabe tres cuartos de hora más tarde en Seattle
con un dólar y treinta y siete centavos en el bolsillo.
Un día, su habilidad para recapturar otros lugares
lo lleva no sólo a otra ciudad, sino de regreso a la administración
Talf. Bien, tal vez sea para mejor.
Fulano vende sueños, en pastillas. La euforia,
junto con la fantasía favorita, está garantizada. Las
pastillas no son tóxicas, ni peligrosas como los narcóticos,
pero crean hábito dado que los sueños de la euforia son
mucho mejores que la realidad. ¿Puede actuar la gente de la oficina
de Alimentos & Drogas?
Otro tipo vende jabones y cosméticos, puerta
a puerta. Ella prueba con sus jabones embellecedores; ella se vuelve
bella. Así que intenta con la crema de base...
Un gatito fantasma, vagando pacientemente en el limbo, intentando encontrar
el regazo familiar y amistoso...
Una historia sobre dos países que combaten, pero no con hombres,
ni con robots, sino con animales mutados como soldados. Gatos pilotos
de combate (todo el instrumental automatizado, pero el pilotaje hecho
por el supergato), rinocerontes tanque, monos paracaidista, leones marinos
'hombre rana', etc.
Una congregación fundamentalista, convencida
de que la fe puede mover montañas, se concentra en el Monte Rushmore
en Black Hills y la mayor escultura neoegipcia jamás esculpida
desaparece, con montaña y todo.
¿ La administración pública debería demandar
a la iglesia? ¿O está procesando a Dios? ¿O debería
pedirles que oraran para traerla de regreso? ¿O deberían
sistematizar esto en una nueva forma de teoingeniería? Si fuera
así, los ingenieros civiles tendrían grado de divinidad
en el futuro. '¿Qué es la fe sin obras (públicas)?'
Un doble de Hollywood se mata consiguiendo un efecto
en verdad muy bueno. Pero lo cortan de la película.¿Rondará
al productor con su fantasma?
Un hombre está en problemas por los topos en
su jardín. Cava en el escondrijo, encuentra un nido con topos
bebé, los mata. Los topos ahora se vuelven contra él,
socavando su casa, inundándola, hundiéndola completamente,
mientras intenta salvarla.
Un perro lazarillo se está poniendo demasiado viejo para hacer
su trabajo.
Hay algo más importante que el resto en la noción
de dormir. Al dormir, casi atrapamos el secreto, casi omprendemos de
qué proviene todo. Podría ser posible abolir el sueño;
podríamos desarrollar una raza de personas capaces, listas, trabajadoras,
eficientes que nunca necesitaran dormir. Sólo que ya no tendrían
alma.
Hubo una vez un hombre que no podía soportarlo.
Primero perdió el poder para leer y entonces los titulares de
los iarios ya no lo perturbaron más. Luego perdió el poder
para comprender el habla y entonces la radio no lo molestó más.
Llegó a ser bastante feliz y las arrugas se suavizaron sobre
su cara y dejó de estar tenso y pintó y modeló
en arcilla y bailó y escuchó música y disfrutó
de la vida.
Entonces un inteligente psiquiatra penetra su fuga
y lo sana otra vez. Ahora puede leer, y escuchar la radio, y se ha vuelto
consciente otra vez de la Guerra Fría y de la delincuencia juvenil
y las violaciones y la rapacidad y etcétera ad-nauseam.
Sin embargo, no pudo soportarlo. Mató un montón de personas
antes de que lo atraparan.
Estaba aquel hombre, Flammonde, que llegó a
nuestra ciudad y consiguió todo lo que necesitaba. Edward Arlington
Robinson trató bien y por completo con Flammonde en verso, pero
no fue descrito en prosa. El poder que tenía Flammonde era hacer
más felices a todos los que lo rodeaban, más ricos en
experiencia, mayor su propia autoestima. Naturalmente, un hombre como
ése no tendría que trabajar.
¿El exacto conocimiento de cómo funcionan
los seres humanos puede capacitar a un hombre a hacer siempre más
felices a los demás con su sola presencia?
Los gatos disfrutaron de una fiesta con un buen uso
de este conocimiento durante siete mil años, sin siquiera molestarse
en lisonjear al proveedor del placer.
Ted, me estoy quedando seco y Ginny acaba de anunciar
la cena. Ella sugirió lo que adjunto en el sobre, para cosas
inmediatas como gasolina y comestibles, puesto que señalas que
tu tarjeta de crédito está pasada. Haznos saber cómo
regresa el poder, cuando llegue el momento.
Esperamos embarcarnos hacia Constantinopla para el
primero de mayo. No sabemos aún si saldremos de Nueva York o
de Nueva Orleans; solicitamos ambos recorridos y todavía no tenemos
una reserva firme. Por un camino podríamos vernos pronto; por
el otro no. Pero haznos saber de ti cuando la presión lo permita;
hace demasiado tiempo y fue demasiado corta la visita a Nueva York la
última primavera para saciar mi apetito.
Lo mejor para ti, tu esposa y los chicos
Bob
Tit. orig.: Letter to Theodore Sturgeon, feb 11 1955
Aparecido en Cuasar 27. Publicado originalmente en The New York
Review of Science Fiction, August 1995
Traducido por Eduardo López

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METODO DE COMPOSICION por Edgar Allan Poe
En una nota que en estos momentos tengo a la vista, Charles Dickens
dice lo siguiente, refiriéndose a un análisis que efectué
del mecanismo de Barnaby Rudge: "¿Sabéis, dicho
sea de paso, que Godwin escribió su Caleb Williams al revés?
Comenzó enmarañando la materia del segundo libro y luego,
para componer el primero, pensó en los medios de justificar
todo lo que había hecho".
Se me hace difícil creer que fuera ése precisamente
el modo de composición de Godwin; por otra parte, lo que él
mismo confiesa no está de acuerdo en manera alguna con la idea
de Dickens. Pero el autor de Caleb Williams era un autor demasiado
entendido para no percatarse de las ventajas que se pueden lograr
con algún procedimiento semejante.
Si algo hay evidente es que un plan cualquiera que sea digno de este
nombre ha de haber sido trazado con vistas al desenlace antes que
la pluma ataque el papel. Sólo si se tiene continuamente presente
la idea del desenlace podemos conferir a un plan su indispensable
apariencia de lógica y de causalidad, procurando que todas
las incidencias y en especial el tono general tienda a desarrollar
la intención establecida.
Creo que existe un radical error en el método que se emplea
por lo general para construir un cuento. Algunas veces, la historia
nos proporciona una tesis; otras veces, el escritor se inspira en
un caso contemporáneo o bien, en el mejor de los casos, se
las arregla para combinar los hechos sorprendentes que han de tratar
simplemente la base de su narración, proponiéndose introducir
las descripciones, el diálogo o bien su comentario personal
donde quiera que un resquicio en el tejido de la acción brinde
la ocasión de hacerlo.
A mi modo de ver, la primera de todas las consideraciones debe ser
la de un efecto que se pretende causar. Teniendo siempre a la vista
la originalidad (porque se traiciona a sí mismo quien se atreve
a prescindir de un medio de interés tan evidente), yo me digo,
ante todo: entre los innumerables efectos o impresiones que es capaz
de recibir el corazón, la inteligencia o, hablando en términos
más generales, el alma, ¿cuál será el
único que yo deba elegir en el caso presente?
Habiendo ya elegido un tema novelesco y, a continuación, un
vigoroso efecto que producir, indago si vale más evidenciarlo
mediante los incidentes o bien el tono o bien por los incidentes vulgares
y un tono particular o bien por una singularidad equivalente de tono
y de incidentes; luego, busco a mi alrededor, o acaso mejor en mí
mismo, las combinaciones de acontecimientos o de tonos que pueden
ser más adecuados para crear el efecto en cuestión.
He pensado a menudo cuán interesante sería un artículo
escrito por un autor que quisiera y que pudiera describir, paso a
paso, la marcha progresiva seguida en cualquiera de sus obras hasta
llegar al término definitivo de su realización.
Me sería imposible explicar por qué no se ha ofrecido
nunca al público un trabajo semejante; pero quizá la
vanidad de los autores haya sido la causa más poderosa que
justifique esa laguna literaria. Muchos escritores, especialmente
los poetas, prefieren dejar creer a la gente que escriben gracias
a una especie de sutil frenesí o de intuición extática;
experimentarían verdaderos escalofríos si tuvieran que
permitir al público echar una ojeada tras el telón,
para contemplar los trabajosos y vacilantes embriones de pensamientos.
La verdadera decisión se adopta en el último momento,
¡a idea entrevista tanta!, a veces sólo como en un relámpago
y que durante tanto tiempo se resiste a mostrarse a plena luz, el
pensamiento plenamente maduro pero desechado por ser de índole
inabordable, la elección prudente y los arrepentimientos, las
dolorosas raspaduras y las interpolación. Es, en suma, los
rodamientos y las cadenas, los artificios para los cambios de decoración,
las escaleras y los escotillones, las plumas de gallo, el colorete,
los lunares y todos los aceites que en el noventa y nueve por ciento
de los casos son lo peculiar del histrión literario.
Por lo demás, no se me escapa que no es frecuente el caso en
que un autor se halle en buena disposición para reemprender
el camino por donde llegó a su desenlace.
Generalmente, las ideas surgieron mezcladas; luego fueron seguidas
y finalmente olvidadas de la misma manera.
En cuanto a mí, no comparto la repugnancia de que acabo de
hablar, ni encuentro la menor dificultad en recordar la marcha progresiva
de todas mis composiciones. Puesto que el interés de este análisis
o reconstrucción, que se ha considerado como un desiderátum
en literatura, es enteramente independiente de cualquier supuesto
ideal en lo analizado, no se me podrá censurar que salte a
las conveniencias si revelo aquí el modus operandi con que
logré construir una de mis obras. Escojo para ello El cuervo
debido a que es la más conocida de todas. Consiste mi propósito
en demostrar que ningún punto de la composición puede
atribuirse a la intuición ni al azar; y que aquélla
avanzó hacia su terminación, paso a paso, con la misma
exactitud y la lógica rigurosa propias de un problema matemático.
Puesto que no responde directamente a la cuestión poética,
prescindamos de la circunstancia, si lo preferís, la necesidad,
de que nació la intención de escribir un poema tal que
satisficiera al propio tiempo el gusto popular y el gusto crítico.
Mi análisis comienza, por tanto, a partir de esa intención.
La consideración primordial fue ésta: la dimensión.
Si una obra literaria es demasiado extensa para ser leída en
una sola sesión, debemos resignarnos a quedar privados del
efecto, soberanamente decisivo, de la unidad de impresión;
porque cuando son necesarias dos sesiones se interponen entre ellas
los asuntos del mundo, y todo lo que denominamos el conjunto o la
totalidad queda destruido automáticamente. Pero, habida cuenta
de que coeteris paribus, ningún poeta puede renunciar a todo
lo que contribuye a servir su propósito, queda examinar si
acaso hallaremos en la extensión alguna ventaja, cual fuere,
que compense la pérdida de unidad aludida. Por el momento,
respondo negativamente. Lo que solemos considerar un poema extenso
en realidad no es más que una sucesión de poemas cortos,
es decir, de efectos poéticos breves. Es inútil sostener
que un poema no es tal sino en cuanto eleva el alma y te reporta una
excitación intensa: por una necesidad psíquica, todas
las excitaciones intensas son de corta duración. Por eso, al
menos la mitad del "Paraíso perdido" no es más
que pura prosa: hay en él una serie de excitaciones poéticas
salpicadas inevitablemente de depresiones. En conjunto, la obra toda,
a causa de su extensión excesiva, carece de aquel elemento
artístico tan decisivamente importante: totalidad o unidad
de efecto.
En lo que se refiere a las dimensiones hay, evidentemente, un límite
positivo para todas las obras literarias: el límite de una
sola sesión. Ciertamente, en ciertos géneros de prosa,
como Robinson Crusoe, no se exige la unidad, por lo que aquel límite
puede ser traspasado: sin embargo, nunca será conveniente traspasarlo
en un poema. En el mismo límite, la extensión de un
poema debe hallarse en relación matemática con el mérito
del mismo, esto es, con la elevación o la excitación
que comporta; dicho de otro modo, con la cantidad de auténtico
efecto poético con que pueda impresionar las almas. Esta regla
sólo tiene una condición restrictiva, a saber: que una
relativa duración es absolutamente indispensable para causar
un efecto, cualquiera que fuere.
Teniendo muy presentes en mí ánimo estas consideraciones,
así como aquel grado de excitación que nos situaba por
encima del gusto popular y por debajo del gusto crítico, concebí
ante todo una idea sobre la extensión idónea para el
poema proyectado: unos cien versos aproximadamente. En realidad cuenta
exactamente ciento ocho.
Mi pensamiento se fijó seguidamente en la elevación
de una impresión o de un efecto que causar. Aquí creo
que conviene observar que, a través de este trabajo de construcción,
tuve siempre presente la voluntad de lograr una obra universalmente
apreciable.
Me alejaría demasiado de mi objeto inmediato presente si me
entretuviese en demostrar un punto en que he insistido muchas veces:
que lo bello es el único ámbito legítimo de la
poesía. Con todo, diré unas palabras para presentar
mi verdadero pensamiento, que algunos amigos míos se han apresurado
demasiado a disimular. El placer a la vez más intenso, más
elevado y más puro no se encuentra —según creo—
más que en la contemplación de lo bello. Cuando los
hombres hablan de belleza no entienden precisamente una cualidad,
como se supone, sino una impresión: en suma, tienen presente
la violenta y pura elevación del alma —no del intelecto
ni del corazón— que ya he descrito y que resulta de la
contemplación de lo bello. Ahora bien, yo considero la belleza
como el ámbito de la poesía, porque es una regla evidente
del arte que los efectos deben brotar necesariamente de causas directas,
que los objetos deben ser alcanzados con los medios más apropiados
para ello —ya que ningún hombre ha sido aún bastante
necio para negar que la elevación singular de que estoy tratando
se halle más fácilmente al alcance de la poesía.
En cambio, el objeto verdad, o satisfacción del intelecto,
y el objeto pasión, o excitación del corazón,
son mucho más fáciles de alcanzar por medio de la prosa
aunque, en cierta medida, queden también al alcance de la poesía.
En resumen, la verdad requiere una precisión, y la pasión
una familiaridad (los hombres verdaderamente apasionados me comprenderán)
radicalmente contrarias a aquella belleza, que no es sino la excitación
—debo repetirlo— o el embriagador arrobamiento del alma.
De todo lo dicho hasta el presente no puede en modo alguno deducirse
que la pasión ni la verdad no puedan ser introducidas en un
poema, incluso con beneficio para éste; ya que pueden servir
para aclarar o para potenciar el efecto global, como las disonancias
por contraste. Pero el auténtico artista se esforzará
siempre en reducirlas a un papel propicio al objeto principal que
se pretenda, y además en rodearlas, tanto como pueda, de la
nube de belleza que es atmósfera y esencia de la poesía.
En consecuencia, considerando lo bello como mi terreno propio, me
pregunté entonces: ¿cuál es el tono para su manifestación
más alta? Éste había de ser el tema de mi siguiente
meditación. Ahora bien, toda la experiencia humana coincide
en que ese tono es el de la tristeza. Cualquiera que sea su parentesco,
la belleza, en su desarrollo supremo, induce a las lágrimas,
inevitablemente, a las almas sensibles. Así, pues, la melancolía
es el más idóneo de los tonos poéticos.
Una vez determinados así la dimensión, el terreno y
el tono de mi trabajo, me dediqué a la busca de alguna curiosidad
artística e incitante, que pudiera actuar como clave en la
construcción del poema: de algún eje sobre el que toda
la máquina hubiera de girar; empleando para ello el sistema
de la introducción ordinaria. Reflexionando detenidamente sobre
todos los efectos de arte conocidos o, más propiamente, sobre
todo los medios de efecto —entendiendo este término en
su sentido escénico—, no podía escapárseme
que ninguno había sido empleado con tanta frecuencia como el
estribillo. La universalidad de éste bastaba para convencerme
acerca de su intrínseco valor, evitándome la necesidad
de someterlo a un análisis. En cualquier caso, yo no lo consideraba
sino en cuanto susceptible de perfeccionamiento; y pronto advertí
que se encontraba aún en un estado primitivo. Tal como habitualmente
se emplea, el estribillo no sólo queda limitado a las composiciones
líricas, sino que la fuerza de la impresión que debe
causar depende del vigor de la monotonía en el sonido y en
la idea. Solamente se logra el placer mediante la sensación
de identidad o de repetición. Entonces yo resolví variar
el efecto, con el fin de acrecentarlo, permaneciendo en general fiel
a la monotonía del sonido, pero alterando continuamente el
de la idea: es decir, me propuse causar una serie continua de efectos
nuevos con una serie de variadas aplicaciones del estribillo, dejando
que éste fuese casi siempre parecido.
Habiendo ya fijado estos puntos, me preocupé por la naturaleza
de mí estribillo: puesto que su aplicación tenía
que ser variada con frecuencia, era evidente que el estribillo en
cuestión había de ser breve, pues hubiera sido una dificultad
insuperable variar frecuentemente las aplicaciones de una frase un
poco extensa. Por supuesto, la facilidad de variación estaría
proporcionada a la brevedad de una frase. Ello me condujo seguidamente
a adoptar como estribillo ideal una única palabra. Entonces
me absorbió la cuestión sobre el carácter de
aquella palabra. Habiendo decidido que habría un estribillo,
la división del poema en estancias resultaba un corolario necesario,
pues el estribillo constituye la conclusión de cada estrofa.
No admitía duda para mí que semejante conclusión
o término, para poseer fuerza, debía ser necesariamente
sonora y susceptible de un énfasis prolongado: aquellas consideraciones
me condujeron inevitablemente a la o larga, que es la vocal más
sonora, asociada a la r, porque ésta es la consonante más
vigorosa.
Ya tenía bien determinado el sonido del estribillo. A continuación
era preciso elegir una palabra que lo contuviese y, al propio tiempo,
estuviese en el acuerdo más armonioso posible con la melancolía
que yo había adoptado como tono general del poema. En una búsqueda
semejante, hubiera sido imposible no dar con la palabra nevermore
(nunca más). En realidad, fue la primera que se me ocurrió.
El siguiente fue éste: ¿cual será el pretexto
útil para emplear continuamente la palabra nevermore? Al advertir
la dificultad que se me planteaba para hallar una razón válida
de esa repetición continua, no dejé de observar que
surgía tan sólo de que dicha palabra, repetida tan cerca
y monótonamente, había de ser proferida por un ser humano:
en resumen, la dificultad consistía en conciliar la monotonía
aludida con el ejercicio de la razón en la criatura llamada
a repetir la palabra. Surgió entonces la posibilidad de una
criatura no razonable y, sin embargo, dotada de palabra: como lógico,
lo primero que pensé fue un loro; sin embargo, éste
fue reemplazado al punto por un cuervo, que también está
dotado de palabra y además resulta infinitamente más
acorde con el tono deseado en el poema.
Así, pues, había llegado por fin a la concepción
de un cuervo. ¡El cuervo, ave de mal agüero!, repitiendo
obstinadamente la palabra nevermore al final de cada estancia en un
poema de tono melancólico y una extensión de unos cien
versos aproximadamente. Entonces, sin perder de vista el superlativo
o la perfección en todos los puntos, me pregunté: entre
todos los temas melancólicos, ¿cuál lo es más,
según lo entiende universalmente la humanidad? Respuesta inevitable:
¡la muerte! Y, ¿cuándo ese asunto, el más
triste de todos, resulta ser también el más poético?
Según lo ya explicado con bastante amplitud, la respuesta puede
colegirse fácilmente: cuando se alíe íntimamente
con la belleza. Luego la muerte de una mujer hermosa es, sin disputa
de ninguna clase, el tema más poético del mundo; y queda
igualmente fuera de duda que la boca más apta para desarrollar
el tema es precisamente la del amante privado de su tesoro.
Tenía que combinar entonces aquellas dos ideas: un amante que
llora a su amada perdida. Y un cuervo que repite continuamente la
palabra nevermore. No sólo tenía que combinarlas, sino
además variar cada vez la aplicación de la palabra que
se repetía: pero el único medio posible para semejante
combinación consistía en imaginar un cuervo que aplicase
la palabra para responder a las preguntas del amante. Entonces me
percaté de la facilidad que se me ofrecía para el efecto
de que mi poema había de depender: es decir, el efecto que
debía producirse mediante la variedad en la aplicación
del estribillo.
Comprendí que podía hacer formular la primera pregunta
por el amante, a la que respondería el cuervo: nevermore; que
de esta primera pregunta podía hacer una especie de lugar común,
de la segunda algo menos común, de la tercera algo menos común
todavía, y así sucesivamente, hasta que por último
el amante, arrancado de su indolencia por la índole melancólica
de la palabra, su frecuente repetición y la fama siniestra
del pájaro, se encontrase presa de una agitación supersticiosa
y lanzase locamente preguntas del todo diversas, pero apasionadamente
interesantes para su corazón: unas preguntas donde se diesen
a medias la superstición y la singular desesperación
que halla un placer en su propia tortura, no sólo por creer
el amante en la índole profética o diabólica
del ave (que, según le demuestra la razón, no hace más
que repetir algo aprendido mecánicamente), sino por experimentar
un placer inusitado al formularlas de aquel modo, recibiendo en el
nevermore siempre esperado una herida reincidente, tanto más
deliciosa por insoportable.
Viendo semejante facilidad que se me ofrecía o, mejor dicho,
que se me imponía en el transcurso de mi trabajo, decidí
primero la pregunta final, la pregunta definitiva, para la que el
nevermore sería la última respuesta, a su vez: la más
desesperada, llena de dolor y de horror que concebirse pueda.
Aquí puedo afirmar que mi poema había encontrado su
comienzo por el fin, como debieran comenzar todas las obras de arte:
entonces, precisamente en este punto de mis meditaciones, tomé
por vez primera la pluma, para componer la siguiente estancia:
¡Profeta! Aire, ¡ente de mal agüero! ¡Ave o
demonio, pero profeta siempre! Por ese cielo tendido sobre nuestras
cabezas, por ese Dios que ambos adoramos, di a esta alma cargada de
dolor si en el Paraíso lejano podrá besar a una joven
santa que los ángeles llaman Leonor, besar a una preciosa y
radiante joven que los ángeles llaman Leonor". El cuervo
dijo: "¡Nunca más!.
Sólo entonces escribí esta estancia: primero, para fijar
el grado supremo y poder de este modo, más fácilmente,
variar y graduar, según su gravedad y su importancia, las preguntas
anteriores del amante; y en segundo término, para decidir definitivamente
el ritmo, el metro, la extensión y la disposición general
de la estrofa, así como graduar las que debieran ante ceder,
de modo que ninguna aventajase a ésta en su efecto rítmico.
Si, en el trabajo de composición que debía subseguir,
yo hubiera sido tan imprudente como para escribir estancias más
vigorosas, me hubiera dedicado a debilitarlas, conscientemente y sin
ninguna vacilación, de modo que no contrarrestasen el efecto
de crescendo.
Podría decir también aquí algo sobre la versificación.
Mi primer objeto era, como siempre, la originalidad. Una de las cosas
que me resultan más inexplicables del mundo es cómo
ha sido descuidada la originalidad en la versificación. Aun
reconociendo que en el ritmo puro exista poca posibilidad de variación,
es evidente que las variedades en materia de metro y estancia son
infinitas: sin embargo, durante siglos, ningún hombre hizo
nunca en versificación nada original, ni siquiera ha parecido
desearlo.
Lo cierto es que la originalidad —exceptuando los espíritus
de una fuerza insólita— no es en manera alguna, como
suponen muchos, cuestión de instinto o de intuición.
Por lo general, para encontrarla hay que buscarla trabajosamente;
y aunque sea un positivo mérito de la más alta categoría,
el espíritu de invención no participa tanto como el
de negación para aportarnos los medios idóneos de alcanzarla.
Ni que decir tiene que yo no pretendo haber sido original en el ritmo
o en el metro de El cuervo. El primero es troqueo; el otro se compone
de un verso octómetro acataléctico, alternando con un
heptámetro cataléctico que, al repetirse, se convierte
en estribillo en el quinto verso, y finaliza con un tetrámetro
cataléctico. Para expresarme sin pedantería, los pies
empleados, que son troqueos, consisten en una sílaba larga
seguida de una breve; el primer verso de la estancia se compone de
ocho pies de esa índole; el segundo, de siete y medio; el tercero,
de ocho; el cuarto, de siete y medio; el quinto, también de
siete y medio; el sexto, de tres y medio. Ahora bien, si se consideran
aisladamente cada uno de esos versos habían sido ya empleados,
de manera que la originalidad de El cuervo consiste en haberlos combinado
en la misma estancia: hasta el presente no se había intentado
nada que pudiera parecerse, ni siquiera de lejos, a semejante combinación.
El efecto de esa combinación original se potencia mediante
algunos otros efectos inusitados y absolutamente nuevos, obtenidos
por una aplicación más amplia de la rima y de la aliteración.
El punto siguiente que considerar era el modo de establecer la comunicación
entre el amante y el cuervo: el primer grado de la cuestión
consistía, naturalmente, en el lugar. Pudiera parecer que debiese
brotar espontáneamente la idea de una selva o de una llanura;
pero siempre he estimado que para el efecto de un suceso aislado es
absolutamente necesario un espacio estrecho: le presta el vigor que
un marco añade a la pintura. Además, ofrece la ventaja
moral indudable de concentrar la atención en un pequeño
ámbito; ni que decir tiene que esta ventaja no debe confundirse
con la que se obtenga de la mera unidad de lugar.
En consecuencia, decidí situar al amante en su habitación,
en una habitación que había santificado con los recuerdos
de la que había vivido allí. La habitación se
describiría como ricamente amueblada: con objeto de satisfacer
las ideas que ya expuse acerca de la belleza, en cuanto única
tesis verdadera de la poesía.
Habiendo determinado así el lugar, era preciso introducir entonces
el ave: la idea de que ésta penetrase por la ventana resultaba
inevitable. Que al amante supusiera, en el primer momento, que el
aleteo del pájaro contra el postigo fuese una llamada a su
puerta era una idea brotada de mi deseo de aumentar la curiosidad
del lector, obligándole a aguardar; pero también del
deseo de colocar el efecto incidental de la puerta abierta de par
en par por el amante, que no halla más que oscuridad, y que
por ello puede adoptar en parte la ilusión de que el espíritu
de su amada ha venido a llamar... Hice que la noche fuera tempestuosa,
primero para explicar que el cuervo buscase la hospitalidad; también
para crear el contraste con la serenidad material reinante en el interior
de la habitación.
Así, también, hice posarse el ave sobre el busto de
Palas para establecer el contraste entre su plumaje y el mármol.
Se comprende que la idea del busto ha sido suscitada únicamente
por el ave; que fuese precisamente un busto de Palas se debió
en primer lugar a la relación íntima con la erudición
del amante y en segundo término a causa de la propia sonoridad
del nombre de Palas.
Hacia mediados del poema, exploté igualmente la tuerza del
contraste con el objeto de profundizar la que sería la impresión
final. Por eso, conferí a la entrada del cuervo un matiz fantástico,
casi lindante con lo cómico, al menos hasta donde mi asunto
lo permitía. El cuervo penetra con un tumultuoso aleteo.
No hizo ni la menor reverencia, no se detuvo, no vaciló ni
un minuto; pero con el aire de un señor o de una dama, colgóse
encima de la puerta de mi habitación...
En las dos estancias siguientes, el propósito se manifiesta
aun más:
Entonces aquel pájaro de ébano, que por la gravedad
de su postura y la severidad de su fisonomía inducía
a mi triste imaginación a sonreír: "Aunque tu cabeza",
le dije, "no lleve ni capote ni cimera, ciertamente no eres un
cobarde, lúgubre y antiguo cuervo partido de las riberas de
la noche. ¡Dime cuál es tu nombre señorial en
las riberas de la noche plutónica". El cuervo dijo: "¡Nunca
más!". Me maravilló que aquel desgraciado volátil
entendiera tan fácilmente la palabra, sí bien su respuesta
no tuvo mucho sentido y no me sirvió de mucho; porque hemos
de convenir en que nunca más fue dado a un hombre vivo el ver
a un ave encima de la puerta de su habitación, a un ave o una
bestia sobre un busto esculpido encima de la puerta de su habitación,
llamarse un nombre tal como "¡Nunca más!".
Preparado así el efecto del desenlace, me apresuro a abandonar
el tono fingido y adoptar el serio, más profundo: este cambio
de tono se inicia en el primer verso de la estancia que sigue a la
que acabo de citar:
Mas el cuervo, posado solitariamente en el busto plácido, no
profirió..., etc.
A partir de este momento, el amante ya no bromea; ya no ve nada ficticio
en el comportamiento del ave. Habla de ella en los términos
de una triste, desgraciada, siniestra, enjuta y augural ave de los
tiempos antiguos y siente los ojos ardientes que le abrasan hasta
el fondo del corazón. Esa transición de su pensamiento
y esa imaginación del amante tienen como finalidad predisponer
al lector a otras análogas, conduciendo el espíritu
hacia una posición propicia para el desenlace, que sobrevendrá
tan rápida y directamente como sea posible. Con el desenlace
propiamente dicho, expresado en el jamás del cuervo en respuesta
a la última pregunta del amante —¿encontrará
a su amada en el otro mundo?—, puede considerarse concluido
el poema en su fase más clara y natural, la de simple narración.
Hasta el presente, todo se ha mantenido en los límites de lo
explicable y lo real.
Un cuervo ha aprendido mecánicamente la única palabra
jamás; habiendo huido de su propietario, la furia de la tempestad
le obliga, a medianoche, a pedir refugio en una ventana donde aún
brilla una luz: la ventana de un estudiante que, divertido por el
incidente, le pregunta en broma su nombre, sin esperar respuesta.
Pero el cuervo, al ser interrogado, responde con su palabra habitual,
nunca más: palabra que inmediatamente suscita un eco melancólico
en el corazón del estudiante; y éste, expresando en
voz alta los pensamientos que aquella circunstancia le sugiere, se
emociona ante la repetición del jamás. El estudiante
se entrega a las suposiciones que el caso le inspira; mas el ardor
del corazón humano no tarda en inclinarle a martirizarse, así
mismo y también por una especie de superstición a formularle
preguntas que la respuesta inevitable, el intolerable "nunca
más", le proporcione la más horrible secuela de
sufrimiento, en cuanto amante solitario. La narración en lo
que he designado como su primera fase o fase natural, halla su conclusión
precisamente en esa tendencia del corazón a la tortura, llevada
hasta el último extremo: hasta aquí, no se ha mostrado
nada que pase los límites de la realidad.
Pero, en los temas manejados de esta manera, por mucha que sea la
habilidad del artista y mucho el lujo de incidentes con que se adornen,
siempre quedan cierta rudeza y cierta desnudez que dañan la
mirada de la persona sensible. Dos elementos se exigen eternamente:
por una parte, cierta suma de complejidad, dicho con mayor propiedad,
de combinación; por otra cierta cantidad de espíritu
sugestivo, algo así como una vena subterránea de pensamiento,
invisible e indefinido. Esta última cualidad es la que le confiere
a la obra de arte el aire opulento que a menudo cometemos la estupidez
de confundir con el ideal. Lo que transmuta en prosa —y prosa
de la más baja estofa—, la pretendida poesía de
los que se denominan trascendentalistas, es justamente el exceso en
la expresión del sentido que sólo debe quedar insinuado,
la manía de convertir la corriente subterránea de una
obra en la otra corriente, visible en la superficie.
Convencido de ello, añadí las dos estancias que concluyen
el poema, porque su calidad sugestiva había de penetrar en
toda la narración antecedente. La corriente subterránea
del pensamiento se muestra por primera vez en estos versos:
Arranca tu pico de mi corazón y precipita tu espectro lejos
de mi puerta. El cuervo dijo: "Nunca más"
Quiero subrayar que la expresión de mi corazón encierra
la primera expresión poética. Estas palabras, con la
correspondiente respuesta, jamás, disponen el espíritu
a buscar un sentido moral en toda la narración que se ha desarrollado
anteriormente.
Entonces el lector comienza a considerar el cuervo como un ser emblemático
pero sólo en el último verso de la última estancia
puede ver con nitidez la intención de hacer del cuervo el símbolo
del recuerdo fúnebre y eterno.
Y el cuervo, inmutable, sigue instalado, siempre instalado sobre
el busto plácido de Palas, justo encima de la puerta de mi
habitación; y sus ojos parecen los ojos de un demonio que medita;
y la luz de la lámpara, que le chorrea encima, proyecta su
sombra en el suelo; y mi alma, fuera del círculo de aquella
sombra que yace flotando en el suelo, no podrá elevarse ya
más, ¡nunca más!
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MANIFIESTO POÉTICO por
Dylan Thomas
Usted quiere saber por qué y cómo empecé a
escribir y qué poetas o tipo de poesía me emocionaron
e influyeron en mí.
Para responder a la primera parte de esta pregunta diría
en primer lugar quería escribir poesía porque me había
enamorado de las palabras. Los primeros poemas que conocí fueron
canciones infantiles, y antes de poder leerlas, me había enamorado
de sus palabras, sólo de sus palabras. Lo que las palabras
representan, simbolizan o querían decir tenía una importancia
secundaria; lo que importa era su sonido cuando las oía por
primera vez en los labios de la remota e incomprensible gente grande
que, por alguna razón, vivía en mi mundo. Y para mí
esas palabras eran como pueden ser para un sordo de nacimiento que
ha recuperado milagrosamente el oído, los tañidos de
las campanas, los sonidos de instrumentos musicales, los rumores del
viento, el mar y la lluvia, el ruido de los carros de lechero, los
golpes de los cascos sobre el empedrado, el jugueteo de las ramas
contra el vidrio de una ventana. No me importaba lo que decían
las palabras, ni tampoco lo que le sucediera a Jack, a Jill, a la
Madre Oca y a todos los demás; me importaba las formas sonoras
que sus nombres y las palabras que describían sus acciones
creaban en mis oídos; me importaba los colores que las palabras
arrojaban a mis ojos. Me doy cuenta de que quizás, mientras
repienso todo aquello, estoy idealizando mis reacciones ante las simples
y hermosas palabras de esos poemas puros, pero eso es todo lo que
honestamente puedo recordar, aunque el tiempo haya podido falsear
mi memoria. Me enamoré inmediatamente -esta es la única
expresión que se me ocurre-, y todavía estoy a merced
de las palabras, aunque ahora a veces, porque conozco muy bien algo
de su conducta, creo que puedo influir levemente en ellas, y hasta
he aprendido a dominarlas de vez en cuando, lo que parece gustarles.
Inmediatamente empecé a trastabillar detrás de las palabras.
Y cuando yo mismo empecé a leer los poemas infantiles, y, más
tarde, otros versos y baladas, supe que había descubierto las
cosas más importantes que podía existir para mí.
Allí estaban, aparentemente inertes, hechas solo de blanco
y negro, pero de ellas, de su propio ser, surgían el amor,
el terror, la piedad, el dolor, la admiración y todas las demás
abstracciones imprecisas que tornan peligrosas, grandes y soportables
nuestra vidas efímeras. De ellas surgían los trasportes,
gruñidos, hipos y carcajadas de la diversión corriente
de la tierra; y aunque a menudo lo que las palabras significaban era
deliciosamente divertido por sí mismo, en aquella época
casi olvidaba que me parecían mucho más divertidas la
forma, el matiz, el tamaño y el ruido de las palabras a medida
que tarareaban, desafinaban, bailoteaban y galopaban. Era la época
de la inocencia; las palabras estallaban sobre sí, despojadas
de asociaciones triviales o portentosas; las palabras eran su propio
ímpetu, frescas con el rocío del Paraíso, tales
como aparecían en el aire. Hacían sus propias asociaciones
originales a medida que surgían y brillaban. Las palabras "Cabalga
en un caballito de manera hasta Banbury Cross" (Ride a cock-horse
to Bandury Cross), aunque entonces no sabía qué era
un caballito de madera ni me importaba un bledo donde pudiera estar
Bandury Cross, eran tan obsesionantes como lo fueron más tarde
líneas como las de John Donne: "Ve a recoger una estrella
errante. Fecunda raíz de mandrágora" (Go and catch
a falling star. Get with child a mandrake root), que tampoco entendí
cuando leía por primera vez. Y a medida que leía más
y más, y de ninguna manera eran sólo versos, mi amor
por la verdadera vida de las palabras aumentó hasta que sabía
que debía vivir con ellas y en ellas siempre. Sabía,
en verdad, que debía ser un escritor de palabras y nada más.
Lo primero era sentir y conocer sus sonidos y sustancia; que haría
con esas palabras, como iba a usarlas, que diría a través
de ellas, surgiría más tarde. Sabía que tenía
que conocerlas mas íntimamente en todas sus formas y maneras,
sus altibajos, partes y cambios, necesidades y exigencias. (Temo que
estoy empezando a hablar vagamente. No me gusta escribir sobre las
palabras, porque entonces uso palabras malas, equivocadas, anticuadas
y fofas. Me gusta tratar las palabras como el artesano trata la madera,
la piedra o lo que sea, tallarlas, labrarlas, moldearlas, cepillarlas
y pulirlas para convertirlas en diseños (secuencias, esculturas,
fugas de sonidos que expresan algún impulso lírico,
alguna duda o convicción espiritual, alguna verdad vagamente
entrevista que tenga que alcanzar y comprender). Cuando era niño
y empezaba a ir a la escuela, en el estudio de mi padre, ante deberes
que nunca hacía, empecé a diferenciar una clase de escritura
de otra, una clase de bondad, una clase de maldad. Mi primera y mayor
libertad fue la de poder leer de todo y cualquier cosa que quisiera.
Leí indiscriminadamente, todo ojos. No había soñado
que en el mundo encerrado dentro de las tapas de los libros pudiese
ocurrir cosas semejantes, tales tormentas de arenas y tales ráfagas
heladas de palabras, tales latigazos a la charlatenería y también
tanta charlatanería, una pez tan tambaleante, una risa tan
enorme, tantas y tan brillantes luces enceguecedoras que se abrían
paso a través de los sentidos recién despiertos y se
diseminaban por todas las páginas en un millón de añicos
y pedazos que eran todos palabras, palabras, palabras, cada una de
las cuales estaba viva para siempre en su propia delicia, gloria,
rareza y luz. Escribía infinitas imitaciones, aunque no las
consideraba imitaciones sino más bien cosas maravillosamente
originales, como huevos puestos por tigres. Eran imitaciones de lo
que estuviera leyendo en ese momento; Sir Thomas Browne, de Quincey,
Henry Newbolt, las Baladas, Blake, la Baronesa Orczy, Marlowe, Chums,
los imaginistas, la Biblia, Poe, Keats, Lawrence, los Anónimos
y Shakespeare.
(...) a media que empecé a amar las palabras y odiar las
manos torpes que las zarandeaban, las lenguas espesas sin sensibilidad
para los infinitos sabores, los obtusos y chapuceros escritores mercenarios
que las aplastaban convirtiéndolas en una pasta colorada e
insípida, los pedantes que las tornaban moribundas y pomposas
como ellos mismos. Lo que primero me hizo amar el idioma y desear
trabajar en él y por el fueron las canciones infantiles y los
cuentos populares, las Baladas escocesas, algunas líneas de
los himnos, las narraciones más famosas de la Biblia y sus
ritmos, Los cantos de inocencia de Blake y la casi incomprensible
majestad mágica y desatino de Shakespeare escuchado, leído
y casi asesinado en los primeros años de la escuela.
(...) la pregunta siguiente es si mi empleo de combinaciones de
las palabras para crear algo nuevo, "a la manera surrealista",
está de acuerdo con una fórmula prefijada o es espotáneo.
Aquí hay una confusión puesto que, la fórmula
prefijada de los surrealistas era la de yuxtaponer lo impremeditado.
Trataré de aclarar esto si puedo. Los surrealistas (es decir
superrealistas, o sea los que trabajan por encima del realismo) constituían
en la década de 1920 en París un círculo de pintores
y escritores que no creían en la selección consciente
de las imágenes. Para decirlo de otra manera: eran artistas
insatisfechos tanto de los realistas (en términos gruesos:
los que trataban de poner dibujos o en palabras una representación
real de lo que ellos imaginaban que era el mundo real en que vivían)
como los impresionistas quienes, hablando otra ves en términos
gruesos- trataban de dar una impresión de lo que ellos imaginaban
que era el mundo real. Los surrealistas querían bucear en el
subconciente, en la mente que estaba por debajo de la superficie consciente,
y de allí extraer sus imágenes sin la ayuda de la lógica
o la razón y ponerlas, ilógica e irracionalmente, en
colores o en palabras. Los surrealistas afirmaban que, dado que tres
cuartas partes de la mente estaban sumergidas, la función del
artista era la de extraer su material de la mayor, de la masa sumergida
de la mente más bien que de esa cuarta parte que, como el extremo
de un iceberg, surgía del océano subconciente. Uno de
los métodos que empleaban los surrealistas en su poesía
era el de yuxtaponer palabras e imágenes que no tenían
ninguna relación racional entre sí y con eso esperaban
alcanzar una especie de poesía subconciente u onírica,
que sería más fiel al mundo real e imaginativo de la
mente, sumergido en su mayor parte, de lo que lo es la poesía
de la mente concientes, que descansa en la relación racional
y lógica de ideas, objetos e imágenes.
Este es, muy crudamente, el credo de los surrealistas, con el que
estoy en profundo desacuerdo. No me interesa de dónde se extraen
las imágenes de un poema; si quiere se pueden sacar del océano
más recóndito del yo oculto; pero antes de llegar al
papel deben atravesar los procesos racionales del intelecto. Los surrealistas,
por otra parte, escriben sus palabras sobre el papel exactamente como
emergen del caos; no las estructuran ni las ordenan; para ellos el
caos es la estructura y el orden. Esto me parece excesivamente presuntuoso;
los surrealistas se imaginan que cualquier cosa que rastree en sus
subconscientes y pongan en colores o en palabras debe ser, esencialmente,
de algún interés o valor. Yo lo niego. Una de las artes
del poeta es la de tornar comprensible y articular lo que puede emerger
de fuentes subconcientes; uno de los usos mayores y más importantes
del intelecto es seleccionar de entre las masa amorfa de imágenes
subconcientes aquellas que mejor favorezcan su finalidad imaginativa,
que es escribir el mejor poema posible.
Y la quinta pregunta es, Dios nos ampare, cuál es mi definición
de poesía.
Yo sólo leo poesía por placer. Leo sólo los
poemas que me gustan. Esto significa, naturalmente, que tengo que
leer una cantidad de poemas que no me gustan antes de encontrar los
que me gustan pero cuando los encuentro, entonces lo único
que puedo decir es "Los encontré" y leerlos por placer.
Lea los poemas que le gusten. No le preocupe el que sean "importantes"
o perdurables. Después de todo, ¿qué importa
lo que la poesía es? Si quiere una definición de poesía,
diga: "Poesía es lo que me hace reír o llorar o
bostezar, lo que hace vibrar las uñas de mis pies, lo que me
hace desear hacer esto, aquello o nada", y conténtese
con eso. Lo que importa con respecto a la poesía es el placer
que proporcionada, por trágico que sea. Lo que importa es el
movimiento eterno que está detrás de ella, la vasta
corriente subterránea de dolor, locura, pretensión,
exaltación o ignorancia por modesta que sea la intención
del poema.
Puede despedazar un poema para ver que lo hace técnicamente
rico y al tener ante sí la estructura, las vocales, las consonantes,
las rimas y los ritmos, decirse a sí mismo: "Sí,
es esto. Por esto me conmueve el poema: Por la artesanía".
Pero está usted de vuelta en donde empezó. Otra vez
se encuentra con el misterio de haber sido conmovido por las palabras.
La mejor artesanía siempre deja agujeros y grietas en la estructura
del poema de manera que algo que no está en el poema pueda
arrastrarse, deslizarse, relampaguear o tronar.
La alegría y la función de la poesía
es, y ha sido, la alabanza del hombre, que es también la alabanza
de Dios.
(*) Fuente: Dylan Thomas, Manifiesto poético, Ediciones nueva
caledonia, pp. 89-100.
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