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Ultima actualización: 15-05-2007

NO SOS VOS, SOY YO

 

Bueno, esta vez hemos puesto bien grande la imagen porque en realidad esta imagen es el motivo del posteo de hoy. Sólo porque nos la mandaron con cariño y sólo porque es preciosa.

De Argentina admirábamos a Ernesto Guevara, a Borges, a Oliverio Girondo, a Juan Gelman... y ahora tenemos un motivo más para mirar a Argentina con agradecimiento: nuestra amiga Alicia. Creo que nos conocimos cuando el numero 2 de Bar Sobia, cruzó nuestros caminos. Y nosotros, siempre educados, escribimos un correo a los demás compañeros que participaron en el número para no escribir entre desconocidos. Ahora muchos de ellos no son sólo nombres en el papel, son gente a la que nos gusta escribirle y saber qué tal les van las cosas, aunque estén al otro lado del oceáno.

Alicia nos envía con frecuencia correos interesantes, a veces para denunciar la situación en Argentina (tengo ese posteo pendiente, no se me olvida), a veces para compartir algo hermoso con los demás. Bueno, Alicia en lugar de repartir balas, reparte rosas, que también es otra manera valiente de luchar.

Un día nos mandó esta imagen. Porque sí, porque le gustaba. Y a nosotros tambien nos gusta mucho, y espero que a vosotros después de verla os parezca que el mundo puede ser un lugar precioso.

Se llama MUJER EN EL ARBOL.

Antes de colgarla en la web le preguntamos a Alicia quién era el autor, y nos envió el este enlace, donde teneis la informacion de la gente que hace estas y otras cosas relamente preciosas.

Hoy os dejamos con nuestro poema completamente favorito de Girondo, que acaso va muy bien con una mujer que descansa sobre la rama de un árbol. Sí, ya lo sé, lo hemos mencionado mil veces, pero es que hay pocos poemas tan lindos, che...

Para vosotros.

Para Alicia.

 

 

NO SE ME IMPORTA UN PITO...

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

 

Oliverio Girondo

 

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

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